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LA PASIÓN DE CRISTO... ¿Fue necesario que Él muriera?

"Si por necesidad entendemos una exigencia propia o una obligación moral, habremos de reconocer que Cristo no tenía necesidad alguna ni siquiera de venir al mundo, puesto que para Dios es absolutamente prescindible tener que actuar hacia fuera de su propia intimidad como Dios."

"Pero, ¿acaso no fue necesario que Jesucristo viniera a reconciliar a los pecadores con Dios? No era necesario en el sentido de que el hombre pudiera exigirlo; pero las cualidades divinas de amor, gracia y misericordia lo impulsaban de algún modo. (Dn. 9:9, 1 Jn. 4:16, Tit. 3:4-7) ... El hombre caído no era digno de ser salvo, pero en cierto sentido, si era digno del Dios Misericordioso el salvar al hombre. Sin embargo, las cualidades de amor, gracia y misericordia no son las únicas que caracterizan a Dios. Él también es Justo y Santo."

"En efecto, la justicia divina permanecía exigiendo que se cumpliera la sanción firme y solemnemente impuesta: ¡Muerte! (Gé. 2:16-17, Ro. 6:23a). Así que, aunque Dios procuraba la salvación del pecador pero a la vez tampoco indultaba el pecado, ofreció entonces sublime solución haciendo una "misteriosa" sustitución: Que Dios mismo se hiciera responsable del pecado, para que el hombre recobrase la justicia y la santidad (2 Co. 5:21)."

"Que Dios el Padre "por Su propia voluntad" predeterminadamente había planeado enviar a Jesucristo al mundo, queda claro en pasajes tales como Hechos 2:22-24 y Gálatas 1:3-5. ¡Eso es amor eterno! (Cf. Jer. 31:3) Se ha llegado a decir que el versículo más famoso de la Biblia es Juan 3:16. En él notamos la magnitud del amor de Dios, la entrega máxima de Sí mismo en Cristo, para darnos salvación eterna (cf. 3:17-18, ver también: Ro. 5:10, 2 Co. 5:17-21)."

Tomado de "Manual de Doctrina Bíblica Básica: Jesucristo" (Unidad 3. Cristología: Jesucristo)

¡Sí!  Porque la salvación de nuestra alma tiene un precio muy alto... 

Dios, el Soberano Juez, ha declarado una sola sentencia condenatoria para el pecador.  Esta es, la muerte eterna, la separación de Dios en un lugar de tormento (Romanos 3:23).  Nuestro problema es que todos somos pecadores (Romanos 3:10).  Eso quiere decir que todos, sin excepción, estamos condenados.  La Biblia dice que ninguna buena obra mía puede ayudarme a ser salvo (Efesios 2:9).  ¿Pero por qué?  Porque la condena no consiste en hacer buenas obras, sino en el estado de muerte, separado de Dios, en un lugar de tormento (Romanos 6:23). 

Siendo que la condena es “muy alta”, la salvación tiene un costo semejante.  La única manera de que yo sea exculpado de mi pecado, es que un inocente pague mi condena.  Tiene que ser un inocente, pues de lo contrario debería pagar por sí mismo.  Pues bien, para que un inocente me sustituya, tiene que pagar un precio muy alto.  Tiene que pagar con su propia vida.  El problema se complica porque ningún ser humano es inocente ante Dios.  Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres sean salvos (2 Pedro 3:9).  Por esa razón Él manifestó Su amor por nosotros, haciéndose hombre en la persona de Jesús (Juan 3:16).  Fue así como Él, siendo inocente, es decir, sin pecado, fue hasta la dolorosa muerte en la cruz.  ¡Jesucristo fue el sustituto perfecto para que tú y yo pudiéramos ser salvos!

Preguntémonos entonces ahora:  ¿Es fácil la salvación? ¿Es barata?  ¡No, no, no!  Para Jesús, mi salvación le costó vergüenza, abandono, maltrato, dolor, crucifixión, y muerte (1 Pedro 2:21-25).  Todo ese sufrimiento es un precio muy alto, ¿no te parece?  Ningún sacrificio nuestro sería tan alto, duro, y costoso, como para poder salvarnos a nosotros mismos de nuestra condenación (Isaías 64:6).  Y "por si fuera poco", en ese momento también Dios el Padre estaba en la cruz con Cristo reconciliándonos consigo mismo (2 Corintios 5:19a). Nos damos cuenta, entonces, que lo más trascendente de la Pasión de Cristo fue el haber apaciguado la ira de Dios entregando Su propia vida inocente como ofrenda total para quitar de nosotros el pecado. Aunque sea un "misterio divino", podemos contemplar que el sufrimiento más grande de Cristo no fue haber soportado los azotes, ni la corona de espinas, ni tampoco el haber cargado el madero mismo, sino el haber tenido que soportar hacerse pecado por culpa nuestra (2 Corintios 5:21). Fue tal esa agonía, que eso explica por qué antes de sufrir golpes y clavos, su sudor ya era como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44). Tan doloroso fue, que eso explica por qué justo antes de entregar Su Espíritu al Padre, gritó: "¿Por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46, Marcos 15:34) para citar en ese momento de angustia, la victoria sobre sus enemigos que se aseguraba en el Salmo 22. Y la respuesta de empatía de Dios el Padre para con Dios el Hijo no se hacía esperar: ¡Una oscuridad y un terremoto, cual manifestación expresiva del dolor de Dios! (Mateo 27:45 y 51)

Está claro, entonces, que la salvación tiene un precio muy alto.  Ni con todo el oro del mundo, ni con todas las buenas obras que alguien se pueda imaginar hacer, puedes adquirirla.  Por esa razón es que Dios te la ofrece como un regalo.  Así todo el mérito es solamente de Él (Efesios 2:8,9).  Dios quiere que tú seas salvo.  Sabemos que Dios quiere que hagas buenas obras (Efesios 2:10), que le ames y obedezcas más que a nadie (Mateo 22:37), pero NO quiere que pienses que porque obedeces Sus mandamientos, o porque haces buenas obras con tu prójimo, eres merecedor del Cielo.  Lo único que lograrías pensando así, es menospreciar la muerte de Jesús (Gálatas 2:21).  Recuerda:  Por tu pecado, estás condenado a pasar la eternidad separado de Dios, en un estado eterno de muerte espiritual.  Ese es el único pago que te corresponde hacer.  Sólo Jesús puede cancelar tu condena perdonando todos, absolutamente todos, los pecados que has cometido, cometes y cometerás (Colosenses 2:13,14).  Jesús pagó por ti el precio altísimo de la salvación al morir en la cruz.  La resurrección de Jesús es una evidencia de que la justicia de Dios quedó satisfecha.

No nos queda, por lo tanto, más que reconocer que la salvación es un regalo de Dios, el cual se recibe por medio de la fe en Jesús (Juan 6:47, Romanos 3:28).  Hoy mismo puedes saber con seguridad que eres salvo (1 Juan 5:13).  ¿Qué te detiene de expresarle entonces a Dios tu fe, con una oración como la siguiente? (Romanos 10:9-10).

Señor Jesucristo:

Reconozco que soy pecador, y que ninguna obra mía puede ayudar a salvarme, pero ahora creo que cuando moriste en la cruz hiciste el pago completo de todos mis pecados.  Gracias por amarme y perdonarme.

Hoy deposito mi confianza en Ti, recibiéndote como mi Salvador. Ahora estoy seguro que iré al Cielo contigo. Gracias por darme desde ya la vida eterna.

¡Amén!

Si has hecho una oración para recibir a Jesucristo como tu Salvador, escríbenos para guiarte a encontrar en La Biblia cómo puedes crecer en tu fe y cómo puedes ir aprendiendo a llevar una vida que honre a tu Señor y Dios.